collage de imagenes de gatos y un beso de infidelidad

Artistas de plásticos


Orlando es de esos artistas que es considerado un genio por sus amigos. Alabado por la crítica, hizo una exposición de gatos hace tres años y, desde entonces, su vida ha sido un recuerdo, un helicoide que gira en torno a sus momentos de gloria. Siempre nos habla de cuando todo era simple y próximo.

Pocos fueron los estudiantes de su generación que tuvieron muestras propias. Pocos iniciaron una vida real. Orlando, cuando nos hablaba de ellos, los observaba desde la distancia, con extrañeza y recelo. Y yo le decía a Orlando que eran increíbles, y él me decía que no eran artistas de verdad.

Personalmente, nunca supe que era un artista de verdad. De niño imaginaba que se trataba de alguien iluminado por su sensibilidad, alguien que deforma la realidad y construye otra. Admiré durante muchos años ese concepto.

Cuando pensaba en artistas, imaginaba seres humanos destornillándose el cerebro con el objetivo de crear algo único. Imaginaba al alfarero de Abraham Valdelomar, por ejemplo. Pensaba que lo que primaba era el compromiso y la disciplina.

Orlando, sin embargo, me mostró una realidad diferente, donde el arte era un impulso, un momento delicado, un rayo de luz. Y, si bien ello podía considerarse una genialidad, con el paso del tiempo entendí que era producto de ideas residuales. Las creaciones de Orlando no eran pensamientos, se creaban más bien en las interpretaciones del resto. Y el resto eran amigos y profesores, los cuales se caían muy bien entre sí.

El artista no expuso su trabajo durante años. El tiempo cambió su cuerpo. Se hizo un poco más panzón. Su cabello desordenado ya no era un símbolo de rebeldía. Se había vuelto un murmullo de su constante descuido. Aun así, Orlando vivía en Barranco junto a su pareja y el hijo de ambos, un niño que perdió el brazo derecho dos años después de haber nacido.

La imagen era tierna y decadente: eso me dijo una amiga poeta. En la galería que tenía Orlando, era visto usualmente junto a su familia. Y su hijo disfrutaba mucho jugando cerca de las obras de los amigos de Orlando, los primos de Orlando, los profesores de Orlando y los mimos de Orlando, artistas que venían a Lima de vacaciones y aprovechaban para hacer nuevas relaciones en Perú.

Si un extraño se les acercaba, él y su mujer le hablaban de la vida, promesas inconclusas e idealizaciones metafísicas del trabajo.

Sin embargo, la galería no ha tenido tanto éxito que digamos. Desde su apertura ha sido una pérdida financiada por los padres de Orlando y sus amigos. Se ha convertido en una cámara de eco de viejas glorias.

Orlando, felizmente, no pierde la fe. Nos dice a quienes lo visitamos usualmente, que solo es un mal tiempo, que, eventualmente, el mundo se dará cuenta de lo importante que es él para el Perú.

Aunque me duela, yo creo que el tiempo está demostrando lo contrario. Hay artistas más jóvenes haciendo cosas más relevantes. Hay artistas que iniciaron en una edad posterior a la que él tiene, y hacen cosas más significativas. Orlando me dice que es de vital importancia mantenerse fiel a uno mismo, ser roots. El cambio nunca le atrajo mucho.

Anoche fuimos por ciertos bares de Barranco. Orlando nos hablaba de lo mucho que ama a su mujer, de lo mucho que quiere a su hijo. Pero luego de las doce, la noche transforma los cuerpos, las camisas se desgastan y los polos manchan. En cada paso, una metamorfosis. Al tercer lugar, Orlando llegó con otra narrativa, olvidó a su familia y tomó de la cintura a Karen, una estudiante de filosofía que, según Martha, mi mejor amiga, es conocida por ser el cuerno de varios.

Bajo la luz de los bares todos somos iguales. Pobres, ricos, viajeros, sedentarios, artistas, oficinistas, alegres y tristes. Bailando reguetón, somos una diáspora aleatoria. Orlando besó a Karen. Karen sedujo a Orlando. Los perdimos durante un rato, y ambos llegaron con unos cuantos gramos de cocaína.

Horas antes me había dicho que estaba siendo muy difícil conseguir útiles para el colegio del niño. Horas antes, pensé en que los padres de Orlando criaban a su nieto como una disculpa implícita con él.

Mientras ellos esnifaban, los observé con una cerveza en la mano. Hace años, yo también quise ser artista. Había creado telas rasgadas llenas de ajíes, barro y recortes de las fotografías de mi familia de Chincha Alta.

Una hora después, ambos se fueron. Orlando me dijo que no le diga a su mujer; no quería arruinar el cumpleaños número treinta de él. Ya habían planificado un lindo día en el club en el cual sus padres eran socios.

Me quedé callado, no quise problemas.

A la mañana siguiente, Martha fue a mi casa a almorzar. Ella de joven también había sido artista. Salía de su casa los sábados a las diez de la noche y regresaba los miércoles a las tres de la tarde. Conocía muy bien a Orlando. Conocía muy bien a Karen. Había visto también al hijo de Orlando. Había visto también a su esposa, la amiga de Karen.

Luego de haber rajado, empezamos a hablar sobre la idea de comprar un departamento. También teníamos que alistar las maletas para nuestro próximo viaje de ocio a Argentina. Martha me habló de su nueva empresa. Yo le hablé de los tratos comerciales que había hecho con una empresa colombiana.

Cuando terminamos de comer y lavábamos los platos, vi que la espátula se había quemado y tuve que tirarla a la basura. En el contenido del tacho había un recorte de una revista independiente que hablaba de las exposiciones más brillantes del último año. El nombre de Orlando no figuraba en ningún párrafo.